EXCEDENTE DE CUPO

Autor: HerSan

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

Miró los papeles que le habían alcanzado y dijo:

—Muy bien, ¿algo que alegar?

Mis amigos ya habían terminado y me esperaban fuera. Uno había alegado columna vertebral torcida, dos insuficiencia visual, otros dos pies planos, uno pies cavos y cuatro no habían alegado nada. Yo buscaba preocupado algún defecto que me eximiera del Servicio Militar. En los papeles ponía que medía 1,58m, pesaba 84kg, anchura de pecho 100 y 115, religión C.A.R. Por nada de ello me libraba. No me querían considerar obeso y mi talla superaba la mínima exigida.

—¿Algo que alegar? —repitió.
—PIES —contesté casi susurrando.
—¡Más alto!
—PIES —dije avergonzado.

Se oyeron algunas risas y los ruidos a mi alrededor cesaron. Todo el mundo me miraba.

—¡PIES! —grité, inflando mis 115cm de pecho.

Las dos primeras revisiones médicas eran rutinarias y las superé sin dificultad. Ahora quedaba la difícil, la que se realizaba en el Hospital Militar.

Prosina me pidió acompañarme y accedí con la condición de que se fuera a casa nada más llegar, sin esperar a que yo saliera. “¿Crees que lo superarás?”, me preguntó más nerviosa que yo mismo. En realidad no estaba seguro. Había intentado prepararme para cualquier tipo de situación, pero todo lo que había podido leer trataba sobre estructura, función o enfermedades del pie, sobre calcetines, zapatos, torceduras de tobillos, pies planos, pies cavos, pies sudorosos, juanetes, callos, gota, etc. Nada que valiera la pena.

Alguien dijo: “¡el siguiente!”

En la puerta había una pequeña placa dorada y grabada:

Dr. Quelomires Bien

Cuerpo Militar de Sanidad

Me quedé mirando a quien salía y como no descubría ni pena ni alegría en su rostro le pregunté con un ademán de cabeza. Me contestó que se lo dirían por carta y me olvidé de él para estar más pendiente de mí mismo, que era más importante. Pedí permiso para entrar y me lo dio un médico con muchas banderitas en su chaqueta militar y unas tapas raras sobre los cristales de las gafas.

—¿Ernesto Espósito? —preguntó sin mirarme.
—Sí señor —contesté.
—¿Qué alega? —dijo mirándome.

Se reía sin respeto hacia mí aunque sin ruido, lo que me hacía estar seguro de que conocía la respuesta que le iba a dar y que su única intención era regocijarse con ella.

—Tengo PIES, señor —dije tranquilamente y en voz alta, no estando dispuesto a darme por vencido tan pronto.
—Muy bien —dijo levantándose e intentando mostrarse serio— Vamos a ver si es verdad.

Se puso frente a mí, muy cerca, y aunque no quería ceder tuve que dar un paso hacia atrás. Me miró de arriba a abajo lentamente y se puso un dedo en la barbilla al llegar a los pies.

—¿Tienes los pies pianos?, ¿los tienes cavos?, ¿te duelen?; ¿te huelen?, ¿alguna rotura?
—No señor —dije convencido de que esa era la respuesta que debía dar.
—¿Sientes tus pies? —continuó.
—No señor, solo los tengo.
—Llevas botas y calcetines, ¿verdad?
—Sí señor —dije agachando la cabeza
—¡¿Pero cómo puedes saber que los tienes?, ¿eh?!

Giró sobre los talones y anduvo unos pasos hasta la mesa,  apoyándose en ella de espaldas a mí, como apesadumbrado. Dejó caer la cabeza, escondiéndola a mi vista entre los hombros.

—Temí que fuera verdad... —dijo con voz sosegada— Pero lo deseaba.

Se dio la vuelta y, hendidura interglútea contra borde de la mesa, formó una cruz con el culo. Se subió las gafas con el índice de la mano derecha.

—¿Sabes lo que habría significado que tuvieras PIES?, ¿lo sabes? —continuó con renovadas fuerzas.

Me pareció feo responderle que no y proseguí en silencio.

—El verdadero sustento del hombre no son los garbanzos, sino los PIES. Y lo que une al hombre con la realidad no son su consciente, su yo o su superyó..., ¡son los PIES!... ¡Si se pudieran tener PIES de verdad!

Calló y se quitó las gafas. Con la cara encogida sobre los ojos se frotó la nariz con fuerza y continuó:

—Qué bueno sería tener PIES, ¿verdad? ¡Sí, claro que sí! Pero, ¿y el Servicio Militar? ¡¿Es que acaso es malo hacer el Servicio Militar?!, ¡¿es que, si existiera alguien con la suerte de tener PIES, no iba a desear hacerlo e incluso consagrar su vida al Ejercito?!

No sé qué me asustaba más, si la furia con que vociferaba o los ojos con estrabismo que no había vuelto a cubrir y que me hacían tener la sensación de que mis rivales eran dos y no uno.

Todavía rojo de la congestión, se despidió de mí con amables palabras:

—No te preocupes, muchacho. No tienes PIES, pero nosotros te daremos la oportunidad de convertirte en todo un hombre. ¡SOLDADO UTIL!


Capítulo 2

Siempre había creído sinceramente que tenía PIES, pero, si me surgía alguna duda, la apartaba de mí procurando no enterarme de su existencia. La charla con el doctor Bien me había abierto definitivamente los ojos. No tenía PIES. Me sentía ínfimo, miserable, una piltrafa. Tanto que decidí hablar en tercera persona siempre que me refiriera a mí mismo, utilizando mi nombre.


Capítulo 3

Ernesto tomó una decisión: no acudiría a su llamamiento a filas. Le molestaba que por ello se le declararía prófugo (¿pro-fugo?), como si su delito hubiera sido una manifestación consciente de apoyo a la fuga en lugar de haberla llevado, de hecho, a cabo. Él prefería considerarse fugo.

Salió de donde estaba y paseó atravesando las calles de la ciudad, en dirección a casa de Prosina. Hacía varios días que no era de noche, por lo que la gente tenía sueño. También estaba nerviosa.

Ernesto oyó voces y se dirigió hacia el grupo de personas del que provenían. Todos miraban hacia arriba, por lo que él, remedando su actitud, descubrió el objeto de interés. Se trataba de un hombre de edad provecta que, suspendido en el vacío a una altura de 35 o 40m, apretaba sus labios y puños en señal de esfuerzo. Solo pasaron unos minutos (eternos) hasta que, relajando los músculos, se precipitó sobre la calle en busca de un trozo de acera libre de espectadores donde estrellarse.

—Ha sido un suicidio —explicó un señor a Ernesto—, si estaba en esa postura ahí arriba era porque se arrepintió a última hora…, y no vea la fuerza que tenía el viejo, que desde entonces ya han pasado cuatro. Aquí hemos echado la tarde, ya ve usted.

Los barrenderos pidieron a la gente que se dispersara y Ernesto, mostrando su educación cívica, se marchó para facilitarles el desarrollo de su trabajo.

Hacía frío de ciudad. De ese frío que hace sudar y solo sirve para coger resfriados. Seguramente se debe a la contaminación. El aire era irrespirable. Superconcentrado y peligroso. Solo podía ocupar la mitad de la capacidad de los pulmones y si intentaba extender sus dominios se convertía en asesino de pechos. Gases. O el tabaco.

Ernesto estaba harto.

Llegó a casa de Prosina y llamó con dos golpes secos. La puerta no poseía aldabas ni ningún tipo de timbre, y parecía ser de una sola pieza, lo que extrañaba al pensar en las dimensiones que debía tener el árbol del que era hija.

Tardaron en abrir. Le molestaba esperar, pero no llamó de nuevo por no revelar a Prosina su estado de ansiedad. Salió una señora mayor que no lo era por ser más grande, sino por vieja. De tamaño era menor que Ernesto. Era una señora, por tanto, contradictoria.

Su nombre era Mamen. Y no por abreviatura de María del Carmen, sino porque sí, porque nacería así de madura. Mayor + menor = Mamen. Era seguramente el nombre que mejor podía expresar esa coetaneidad del tragar y el vomitar, del A y el no A. Me miró como si fuera ciega o yo invisible y se dio la vuelta al oír la tos de Prosina, que se acercaba.

Prosina era una chica de unos 16 años tan pálida que quien la veía no tenía por menos que persignarse. Estaba casi tan delgada como pálida, lo que le debía dar pena, porque también estaba tristísima. Tosía gravemente a razón de dos veces por minuto, tapándose la boca con un pañuelo que siempre llevaba en la mano.

Con su sonrisa triste habitual Prosina le dijo a Ernesto: “¡Ven, ven deprisa, mira lo que me han hecho los que me quieren mientras he estado fuera!”, y se lo llevó de la mano escaleras arriba hacia la planta en la que solía pasar su tiempo.

La casa era una construcción rara. Un jardín dodecaédrico rodeaba un edificio totalmente cúbico, con cuatro paredes gruesas atravesadas por sendas enormes puertas (de las que solo una no estaba tapiada por dentro) y dos ventanucos encima de cada una de ellas. La escalera por la que subieron Ernesto y Prosina atravesaba el techo para introducirse en otro cubo idéntico al anterior pero la mitad de grande, rotado cuarenta y cinco grados.

Por dentro ningún tabique rompía la perfecta geometría del exterior. La hierba fresca seguía creciendo en el suelo de la casa, incluso en el segundo piso.

Quienes Prosina llamaba “los que me quieren' eran seres que nadie había visto nunca, ni siquiera ella, pero que realizaban acciones. La última había sido derribar un tabique de la estancia superior.

—Pues me parece una mala jugada —dijo Ernesto—. Tendrás frío, y te hará mal.

Prosina rio tapándose la boca y Ernesto prosiguió:

—¿Quién es esa señora?
—Se llama Mamen. Entró hace un rato y me abrazó diciendo: “¡Hija mía!”

Se paró a pensar.

—Parece que me quiere mucho..., ¿la tengo que querer yo también aunque no la conozca?
—No lo sé — contestó Ernesto.

Estuvieron bebiendo zumos de colores hasta que Ernesto se tuvo que ir a clase. Él tomó del verde y del amarillo, ella solo de su preferido, el rojo.

—Bebes muy poco..., y son tuyos —le había dicho Ernesto.
—No, se me hacen para ti.

Prosina le esperaría más tarde a la salida de clase, como todos los días.


Capítulo 4

Mientras cantaba con su hilito de voz, Prosina limpiaba las bocas de los tarros de colores. Cada uno era diferente a los demás, porque quienes se los hacían, “los que me quieren”, eran muy originales. De vez en cuando aparecía en su vitrina uno de un color nuevo, y ella lo cogía con cariño y se iba a pasear con él por el jardín de su casa. Allí había cosas que nacían y que saltaban alegremente al tarro convirtiéndose en el zumo del mismo color. Y solo ahí podía beberse. Si se intentaba servir en un vaso o una copa, se convertía en cosas que morían.

No le había preguntado a Ernesto por la revisión médica porque había notado que estaba triste. Pobrecillo, sin PIES y teniendo que ir a la mili, con lo que le asusta.

Tosió gravemente. Su estado de salud era cada vez peor.

Miró la pared de aire y pensó en cómo darle la sorpresa a Ernesto, en cómo decirle que le servía para poder irse con su nuevo amigo.

—Viento, amigo mío —dijo mirando hacia la calle—, ven conmigo, por favor.

A lo lejos se vio un pequeño huracán que, contorciéndose, se acercó poco a poco hasta la casa, entrando en el jardín.

—¿Por qué has tirado la pared? —preguntó el viento a Prosina.
—Es que por abajo eres muy estrecho, me hacía daño. Además, mañana voy a decirle a Ernesto que somos amigos, no te importa, ¿verdad? Por aquí entraremos los dos bien.

Extendió los brazos en cruz y entró en su amigo varias veces, intentando ocupar tanto espacio como al día siguiente ocuparía junto a Ernesto. Era fácil.

Se le hizo tarde y le pidió al viento que la llevara adonde Ernesto recibía clase. Llegaron en un santiamén y, cuando Prosina vio que salía el grupo de alumnos, le pidió a su nuevo amigo que no se dejara ver.

Ernesto se separó del grupo y se acercó a ella. Mientras se alejaban cogidos de la mano un remolino de hojas y papeles delataba a quien les observaba escondido tras un árbol.


Capítulo 5

Ernesto pasó mal la noche. O el día, porque el sol seguía sin ponerse y ya había perdido la cuenta. No tenía PIES, le asustaba el Servicio Militar, el tabaco le sentaba cada vez peor, ir a clase le aburría, Prosina estaba cada vez más enferma. ¡Así no había quien durmiera!

Prosina estaba tumbada en la cama. Miraba a Ernesto y bebía pequeños sorbitos de color rojo.

—No aguanto más, me levanto —dijo retirando la ropa e incorporándose.
—No hagas eso, por favor. Estás muy enferma y hoy hace mucho frio.
—Estoy igual que siempre... Y tengo que enseñarte algo.

Prosina siempre había tenido agujereados esos bronquios que la hacían toser una y otra vez, pero nunca había estado tan grave.

Ernesto sabía que no la convencería, por lo que no insistió. La dejó hacer. Miró cómo ella se colocaba frente a la pared sin pared y sufrió al verla tiritar. Parecía hablar con el viento.

—¡Vamos a dar un paseo! —dijo a Ernesto cogiéndole la mano.
—No. Está lloviendo, ¿o es que no lo ves? ¿Es que no quieres curarte?

Prosina dejó escapar una risita con eco y tiró de él hacía su amigo. “¡Vamos, salta!”, dijo saltando a su vez.

—¡Ja ja ja, os he comido! —dijo el huracán en broma cuando Ernesto y Prosina estuvieron dentro de él.
—¡Anda! —exclamó Ernesto— ¡El viento es tu amigo!
—Ahora también lo es tuyo —dijo Prosina.

Se estaba cómodo. El viento era blando y caliente. Y en él no llovía.

—¿Adónde vamos? —preguntó el viento.
—A acompañar a Ernesto a clase —respondió Prosina.
—No, hoy no voy. Me quedo a cuidarte.
—Sí vas. Estoy bien.
—No, no voy. Si es verdad que estás bien, me alegro, pero no voy. Lo único que hace el profesor es decir palabras, pero sin unirlas. Y si las palabras no se unen no se puede argumentar nada.
—De algo te servirá —dijo Prosina indicando al viento que dejara con suavidad a Ernesto en el suelo.

Ernesto reconoció que en el huracán se llegaba rápido.


Capítulo 6

El golpeteo de la lluvia se había convertido en un ruido continuo.

A través de la cortina solo se veía otra espesa cortina. Ernesto miraba hacia su profesor con ojos tristes. Cada vez hacia más frío.

Se cerró el abrigo hasta el cuello y dejó de tomar apuntes para colocarse las manos en las axilas. Prosina a lo peor había ido a esperarle. Y la lección continuaba:

“... Nebreda, nebrisense, nebrina, Nebrija, nebrijano, nebris, nebro, nébula...”

Prosina estaba empapada hasta los huesos y movía las piernas para disimular sus temblores. Estaba pálida. Sudaba. Tosió arrancándose un trozo de pecho y manchó el pañuelo de sangre al acercárselo a los labios. Unas lágrimas le recorrieron las mejillas. Ernesto la quería. No tenía derecho a morirse.

Ernesto guardó los folios en su cartera y se levantó del pupitre. El profesor interrumpió la clase. Durante un rato intentó explicarle lo que sucedía, con la mirada. Desistió. Echó a correr hacia la salida y dejó la puerta abierta.

De Prosina ya solo quedaba su hueco, una figura con la base seca y el contorno sin ni siquiera ser rozado por la lluvia. Ernesto lloró tanto que enmudeció el orgullo de la lluvia. Se calmó un poco al reconocer al viento amigo de Prosina en un zumbido que aumentaba rápidamente de volumen. El huracán se paró un instante junto a la figura vacía y luego siguió su camino, un camino sin rumbo por el que circuló un aullido quejumbroso que derrumbaba y estremecía cuanto encontraba.

Ernesto se quitó el abrigo y rodeó con él la forma de Prosina. Ya no lloraba. Ni pareció sorprenderse cuando, de entre el abrigo, nació un arcoíris sólido y hermoso como no se había visto nunca. Se agarró como pudo y empezó a subir por él. Al principio la subida era casi vertical, por lo que tuvo que aprender a mirar el rio de lluvia que aún caía para creer que su velocidad era mayor y sentir menos el cansancio. La ascensión, aunque dolorosa, se hacía cada vez más llevadera. Había probado con todos los colores y había visto que por el que mejor se marchaba era por el rojo. Todos estaban mojados, pero los demás resbalaban mucho.

Ernesto creía que no aguantaría más. Estaba agotado. Se dejó caer y apoyó la cara sobre la superficie del color por el que caminaba. Olía bien, lo que le llevó a probarlo. Sabía como el zumo de color rojo de Prosina, incluso más dulce. Eso le dio ánimos. Volvió a levantarse y poco después descubrió que el arcoíris estaba incompleto, que solo existía una mitad de él. Depositó con la mano un beso suave en el lugar donde debería nacer la otra mitad y bajó del arcoíris saliéndose del color rojo y metiéndose en el azul, el más resbaladizo.

SEGUNDA PARTE


Capítulo 1

—Te estaba esperando —dijo Vicisio—. Has tardado mucho.

Ernesto le miró con curiosidad. Vicisio era viejo, pero tenía cara de niño. De niño feo, muy feo. Era espigado y cargado de espaldas, largo de miembros y con un esperpento por cara: boca de zumaya, dientes ralos y desproporcionados (los pocos que le quedaban), nariz aguileña, ojos escondidos, orejas de soplillo. El pelo era vulgar, poco abundante y gris como el de todos los de su edad.

A Ernesto le gustó desde el principio, pero le costaría acostumbrarse a verse de pie junto a él. Por la diferencia de estaturas.

—Hace cinco días que se fue Prosina y solo estamos a 30km de la ciudad —prosiguió Vicisio—.  Insisto, has tardado mucho.
—Solo me estoy alejando de allí, no voy a ningún sitio en concreto. Ni siquiera sabía que iba a pasar por este lugar —dijo Ernesto encendiendo un cigarrillo.
—¿Me das uno? —pidió Vicisio.

Lo cogió y lo rompió despacio, procurando no hacerle dado. “Es tabaco, pensó, “y en lugar de cocinarlo lo quema”. Se frotó las manos y dijo:

—Yo sí sé adónde vas. Ahora vendrás conmigo.

Y Ernesto se fue con él. Se dejó guiar durante horas y horas, durante días y días. Durante un día muy largo, porque seguía sin ser de noche.


Capítulo 2

El horizonte estaba donde siempre. Unas nubes lejanas llamaban la atención de Ernesto en un cielo limpio y brillante. El viento le daba en la cara y, respirando con los ojos cerrados, se dejó penetrar por el olor tranquilo de la brisa del mar. Vicisio era lento. Caminaba como con pies doloridos pero sin titubeos, agachado y siempre mirando al suelo, con el pelo gris sobre unas arrugas que convertían su cara en un enorme gesto de sabiduría.

Ernesto seguía sin saber hacia dónde se dirigían. Caminaban por la playa, agradeciendo que de tarde en tarde las olas de un mar tranquilo acariciasen sus pies desnudos. No le preguntó a su compañero. Hablar en aquellos momentos habría significado interrumpir una conversación íntima que transcurría en silencio. Continuamente vivía Ernesto la sensación de que el viejo le daba respuestas a preguntas que le atormentaban y de las que muchas de ellas no había sido ni siquiera lo suficientemente inteligente como para plantearse. Y se lo agradecía. Poco a poco se percataba de la futilidad de la palabra, y la amistad hacia su compañero aumentaba a pasos agigantados.

El viejo se detuvo. Alzó la vista y con ello consiguió que Ernesto mirara también hacia delante. Solo se veía una enorme, encrespada y arisca roca que habría que escalar para proseguir el camino. La suave playa arenosa por la que caminaban momentos antes había cedido su lugar a un tortuoso camino de piedras. Ernesto miró hacia atrás y comprobó que, aunque no lo hubiera notado, el paisaje rocoso les había acompañado al menos durante el último cuarto de hora de camino. Vicisio seguía sin moverse.

—¿No tienes nada que preguntarme? —dijo a Ernesto.
—Hemos llegado, ¿no es cierto? —dijo éste.

Ya no volvieron a hablar. Vicisio había vuelto a bajar la cabeza, actitud que también adoptó Ernesto, quien contemplaba la rampa cada vez más pronunciada que subían. A Ernesto le dolían los pies y las piernas y el paso de Vicisio, en esos momentos, le pareció rápido.

Cuando terminaron de subir, Vicisio paró de nuevo. No parecía cansado, sino más bien al contrario, incluso rejuvenecido. Su expresión era cálida, pero inescrutable. Ernesto se sentó y se frotó enérgicamente los pies, que se le habían hinchado.

—Bueno —dijo Vicisio alegremente—, vamos a cenar rápidamente que va a dormir muy pronto.

Se dio la vuelta y, donde había tenido los pies, dejó unas manchas de sangre. Cenaron pulpo seco.

—Antes no te entendí —dijo Ernesto—. ¿Quién o qué va a dormir muy pronto?
—¡Todo el mundo! —exclamó Vicisio alzando los brazos el cielo y visiblemente feliz— ¡Anocheceremos aquí!

Seguidamente se arrodilló en el suelo y se subió la capa como quien se saca un jersey, por la espalda y con los brazos cruzados. Se fue cubriendo la cabeza con enorme parsimonia, y a la vez que lo hacía, anochecía por primera vez en cerca de mes y medio.


Capítulo 3

Poco después de amanecer, Vicisio despertó a Ernesto. “¿Qué tal has dormido?, ¿bien? Me alegro. Levántate, adonde se te permite ir podemos ir ya”.

Caminaron hasta llegar a un valle, el destino final.

—Mira eso —dijo Vicisio a Ernesto—.

Ernesto estaba totalmente asombrado y emocionado. Una enorme plantación de PIES se extendía ante su vista.

Se adentraron en ella. Los PIES crecían por todas partes. PIES del 36, del 47, del 40. “Necesitan 43 días de luz para poder desarrollarse”, dijo Vicisio feliz de ver feliz a Ernesto, “y más de 4000 millones de años para que existan seres que los necesiten”. Ernesto no sabía qué decir. Tocó un PIE pequeñito con miedo de romperlo y, como era PIE y todo él planta, le hizo cosquillas. Eso le hizo reír. Pero se acordó de Prosina y entristeció de súbito. Vicisio adivinó la causa. “Cuando vivía Prosina los necesitabas”, le dijo, “pero ahora también”. Puso un brazo sobre sus hombros y continuó: “Cada uno los necesita de una manera diferente, y a cada uno le ayudan de una manera diferente... Anda, coge los que quieras”. “Solo dos”, dijo Ernesto cabizbajo, “del 41 y a poder ser uno izquierdo y otro derecho”. “¡Claro, hombre! Los que quieras y como quieras”, dijo Vicisio intentando animarle.

Buscó durante más de media hora, pues todos le gustaban. Una vez hecha la elección, Vicisio se le acercó: “Ya no me necesitas”, y desapareció entre las sombras de las plantas más altas.

Ernesto arrancó los PIES que iban a ser suyos y vio cómo el ambiente cambiaba, cómo el aire se hacía brillante y el suelo y el resto de los PIES desaparecían en una bruma rojiza. Empezaba a lloviznar.

Poco después, débilmente, se formaba el arcoíris que apareciera cuando la muerte de Prosina. Ernesto se llenó de júbilo. Se acercó a él rápidamente e intentó subir directamente por el color rojo, pero no pudo. Volvió a intentarlo. Y otra vez. Desesperado, probó con otro color. Y con otro. Y con otro. No solo estaban escurridizos los colores sino que también estaban blandos, como difuminándose, esparciéndose, derritiéndose.

Ya solo le quedaba hundirse en el pensamiento de que había llegado demasiado tarde cuando sus PIES, que los llevaba colgados a la espalda, se libraron de sus ligaduras y empezaron a subirle con suma facilidad. A cada paso los colores tomaban más fuerza, más consistencia, más brillo, hasta conseguir el resplandor de la primera vez.

Cuando llegó a la cima, donde se acababa el arcoíris inconcluso, se despidió de sus PIES después de darles las gracias: “Cuando me llamen a filas, id vosotros por mí. Y presentaos en mi nombre al Doctor Bien”.

Hizo unos ejercicios para conseguir la mayor elasticidad de su cuerpo y se ató una mano al arcoíris. Se balanceó un par de veces y, colocando uno de sus pies junto a la mano que tenía atada, lanzó su cuerpo dándose un gran impulso para intentar llegar, sin soltarse, al otro lado, donde se encuentra la olla de oro.

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