A MÍ MISMO

Autor: HerSan

Si hubiera sabido que el coche se iba a estropear esa misma tarde se lo habría dicho y “claro, comprendo”, pero tampoco era para tanto, mucha gente toma el Metro.

En el tablero negro la tiza no se había estrenado. “No ha habido ningún accidente, señor, sus vueltas”.

Apenas se cabía en el vagón (¿por qué me empujan todos?). Es curioso que me pasen estas cosas a mí (mira la cara que lleva la gente, su expresión no es como la mía).

Fue una simple casualidad que el tren se parara y se apagaran las luces, pero nada iba a pasar, aunque a lo peor alguien imaginaba qué sé yo, que los hay raros.

La señora gorda me venía un poco apretada y no me dejaba respirar (¿por qué respiran todos bien?, ¿hay aire para todos?). Exhala, inhala, exhala, inhala, relaja los músculos, ahora va bien.

Todos notaron mi ridículo semblante, pero oye, qué alegría ver la luz que se acercaba y la Estación que tomaba forma y qué feliz vienes y claro, claro.

—“Mira quiénes están aquí” —me dijo Lina.

Amigo, Amiga y Otra entraban en el bar y se dirigían a nuestra mesa. Saludos informales y casi de repente: “Otro ha intentado suicidarse”, dijo Amigo, “la droga le va a matar... Está en el psiquiátrico. Me han dicho que no hay peligro. Y quiere verte”. “Mañana mismo iré a visitarle”, le dije. Y la vida de Otro en tres o cuatro copas y unos cuantos cigarrillos. Qué bien la habíamos simplificado y entendido. Ilusos.

—“Amigo me dijo que querías verme”. Sin saludo, sin más palabras.

Otro empezó a decirme:

“Tú sabes que era tan solo un poema, tú lo sabes, ¿no es cierto?, pero entonces dime, ¿por qué me pasó eso?, porque fue solo un poema, ¿sabes?, y ahora estoy curándome..., ¿ya te he dicho que vi la realidad?, yo la vi, y era..., no me gustó M., iba un hombre desnudo, indefenso, y todos iban vestidos, todos menos él, y no hay más hombres desnudos, o a lo mejor sí, pero es tan difícil…, tú también lo sabes, cuando nadie nos mira todos estamos desnudos, pero luego nos vestimos, y un hombre desnudo es un hombre, y nosotros no, y óyeme, qué mierda, no me di cuenta de que mi traje estaba jironado, pero no volverá a pasar, te lo juro M., no volverá a pasar”.

Su insensatez se había desencadenado a raíz de leer un poema de no sé quién. Me habían puesto al corriente y él lo sabía pero, ¿por qué se disculpaba ante mí de lo que había hecho? Únicamente a mí me contaba esas basuras, y maldita la gracia que me hacía. Es bonito ser el visitante cuando sabes que podías ser el visitado, y no atendía a lo que me decía, nunca le atendía, pero no se lo iba a decir, él ya lo sabía y no le importaba.

Pobre imbécil, él hablando y yo recordando que mi fobia al metro le produce unos partos de hilaridad incontrolada en los que el cordón umbilical le sale por la garganta e indica con un sonido parecido al de los asmáticos que va a llegar otro recién nacido, que, ríete, han sido muchillizos.

—“Muérete” —le dije cuando me marchaba.

Texto escrito por Otro:

Lina lloró mucho su muerte. Era alto y bello, y sus largos cabellos le cubrían casi por completo las orejas.
Tenía veinticuatro años, pero aparentaba muchísimos más, una barbaridad.
Nadie podía esperar una muerte así. Era alto y bello, y ella, aún llora su ausencia.
Recuerdo bien cómo era. Era bueno e ingenuo hasta la estupidez. Lo recuerdo bien, pues yo fui su mejor amigo, bueno, el único, y tampoco le tenía en gran aprecio (*).
Era maravilloso ver cómo gozaba (Lina ya casi había alcanzado el orgasmo) cuando, después de un batido movimiento de dedo corazón, dio por fin con el diente de oro que había perdido.
Yo que estaba presente conozco bien los detalles, pero no voy a desentrañar los lugares y situaciones inconcebibles por las que tuvo que pasar el diente de oro hasta llegar al sitio de donde lo recuperó su dueño.
Sé bien lo que hice y porqué lo hice. No me podré ni podrán perdonar mientras viva, pero estoy contento. También sé que esta celda que me aprisiona y la tenue luz que me permite escribir no pueden ser peor que la impotencia para evitar que te coman los gusanos, pero pronto me reuniré con él, pronto me reunirán con él, y podré verle de nuevo, contemplar su sonrisa estúpida y forzada mostrando su reconquistado diente de oro, y seremos felices, él, bonachón, tonto, ingenuo, estúpido, y yo mirándole, mirando la pureza que odio y que no podía permitir que destruyeran.

(*) Mentira, le apreciaba de verdad, pero cualquier cosa podía haber escrito Otro.

—“Con Amigo y Otro muertos ya solo quedamos tres”, me dijo Lina.
—“¿Tú, Amiga y yo, o tú, Otra y yo?”, le pregunté.
—“Si es varón le pondremos M. Junior, ¿te parece?”

Qué bueno que Amigo nos dejara un regalito antes de morir, ¿verdad? Maldito hijo de perra.

—¿Tú amabas a Amigo?
—¡No seas tonto M.! Nunca le amé. Me ayudó a salir de una etapa de crisis, solo eso.
—¿Y yo no te servía?
—(…)
—¿Y lo que escribió Otro antes de morir?
—Otro estaba loco, y tú..., tú no podías…

Afirmé preguntando que yo había sido el causante de esa crisis y ella no dijo nada. Pero estéril no era, ni impotente, por lo que si necesitaba eso para salir de sus etapas de crisis...

Sin dirigirnos palabra bebimos hasta emborracharnos y, cuando desperté, Lina se había marchado.

~ Lina abortó,
~ y a los dos nos afectó.

Por aquellos días las llamadas de Lina empezaban a hacerse menos frecuentes, “¿cómo te va, cariño?”, “...”, “te llamaré”, y los encuentros más cortos, tan solo tres puntos de compañía, tres puntos, suspensivos, en los que uno era otro y otro era uno, tres puntos en los que ninguno era nada pero éramos felices.

Nos gustaba recorrer individualmente los mismos barrios, barrios repudiados por la sociedad donde no existen enigmas metafísicos ni angustias vitales, donde la vida se limita a la policía que casi me pilla o a los desgraciados que pasan tan mala droga. Y luego nos encontrábamos como por casualidad, nos alegrábamos y gozábamos de nuestra compañía.

Hemos reído sin ganas y charlado de cosas sin importancia, pero hemos gozado. Hoy ha sido mi apartamento y no el suyo, “mi madre tiene reunión y no podemos..., compréndelo”. Siempre igual, una copa, un te quiero, ¿por qué un te quiero?, un perderse en el cuerpo del otro y un no comprender tanta felicidad o lo que sea eso cuando todo ha sido preparado, cuando el otro solo significa un silbido que evita que el agua se salga porque nos resulta difícil permanecer en la cocina el rato suficiente para saber que ya está hecho, que ya podemos apagar el fuego y retirar la tetera.

O quizás sea algo más. Creo que siento algo por Lina, incluso puede que la adore en esa dimensión de mí en la que ni siquiera la muerte me preocupa, en la que he comprendido que soy parte de la nada y que el tiempo y el espacio de la nada se miden con agujeros.

Un día me encontré con Hume y me dijo: “al introducirme en la búsqueda del yo siempre me encuentro con algo concreto”.

Y yo no sé, pero que se quede el omnipotente y omnipresente con los híper y omniproblemas y que yo, tú, nosotros, copas, cuerpos, cuerpo... Si comprendiera Lina también a tiempo que…

—“¿Cómo te va cariño?, quería decirte que...”, “……

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